lunes 9 de noviembre de 2009

UNA HISTORIA QUE ES IMAGEN

Queridos todos. He leído la entrada anterior y me ha provocado. Voy a contaros una historia; la historia de una persona de la cual, la fotografía más antigua que conservo es la la de su comunión.
Mi madre vivía en el Ayuntamiento de la ciudad con sus ocho hermanos y sus padres. Casi al finaizar la Guerra Civil, el ayuntamiento se desalojó de sus anteriores habitantes y lo tomaros miembros de las fuerzas que iban ganando. Los que vivían allí, funcionarios, trabajadores y algunos cargos mandatarios fueron alojados en el edificio del Casino de la misma ciudad en espera de ser trasladados más al sur. Hablamos del invierno de 1935. Un día, durante esa espera, se oyeron fuertes voces en la calle. Muchos soldados republicanos retrocedían y se dirigían a su ciudad de origen algunos, otros simplemente más al sur. Entre ellos iba mi tío Manolo, tenía 17 años. Llevaba los pies ensangrentados y envueltos con trapos; estaba en los huesos y su uniforme era un puro andrajo. Mis abuelos le tuvieron en casa unos días pero la conciencia de mi abuelo, pese a que la Guerra estaba a punto de finalizar, le obligó a presentar de nuevo a su hijo al frente. Mi abuela quería ocultarle en el pueblo pero ls honradez de mi abuelo ganó. Nunca volvió. MALDITAS GUERRAS Y MALDITOS SEAN QUIENES GANAN CON ELLAS.

sábado 3 de octubre de 2009

EN PARADERO DESCONOCIDO



A María del Carmen que supo conmover mi alma infantil y que algún día me contará el final de la historia



Sentada junto a María del Carmen, en una improvisada banqueta, sostenía en mi mano izquierda la labor mientras con la derecha perforaba la tela una y otra vez con la hebra roja marcando en la blancura un riachuelo de sangre retorcido. La buena de María del Carmen levantaba la palanca que subía la aguja de la máquina de coser y colocaba cuidadosamente la tela debajo para aplastarla suavemente, luego con los pies sobre el pedal metálico y dando vueltas con la mano a la rueda que giraba la cinta hacía crujir la máquina para repetir nuevamente la operación al minuto siguiente.
La costura y las historias tejían la tarde otoñal. Afuera llovía y los transeúntes se quitaban los zapatos para adentrarse en el río que la calle descendente había formado y mantener su mejor calzado ileso. María del Carmen, una artista con las manos, lograba transformar informes retales de tela en pulcros vestidos cosidos con minuciosidad y esmero, todo aderezado con el don de contar historias que también poseía. Era capaz de dar volumen a sus relatos punteados con la parsimonia propia de los perfeccionistas, logrando capturar mi incipiente atención.
Eran historias de guerra y posguerra en un pueblo del norte, de hambres y soledades, de escaseces y contrastes. Pero, entre todas ellas, había una que por encima de las otras conmovía mi alma.
María del Carmen había nacido en aquel pueblecillo castigado del norte donde una vez el fiero volcán sacando su lengua de fuego había devorado el pueblo de un lengüetazo. Contaba que lo primero que había desaparecido era la calle de mármol construida para uso exclusivo de ricos y poderosos, proclamando así del carácter democrático de la erupción. Y tenía razón, porque los desastres naturales nos demuestran continuamente lo que realmente somos y, en el caso que nos ocupa, todos los habitantes de la villa sintieron por igual al calor de la lava.
Relato a relato iba dibujando en mi mente la estructura de aquel pueblo resurgido del áspero malpaís con sus iglesias, conventos y calles por las que seguí la narración persiguiendo a personajes cada vez más familiares cuyos andares llegué a reconocer. Entre ellos, su padre, el carpintero protagonista de la historia que un día me sacudió el alma.
María del Carmen, la mayor de tres hermanas, estaba muy unida a su padre, un carpintero del pueblo de gran bondad y habilidad en su oficio. Por algún motivo que desconozco, probablemente la acusación de algún infame, el pobre hombre fue apresado durante la Guerra Civil y encerrado en la prisión de Fyffes, una cárcel improvisada en los depósitos de una compañía de exportación de plátanos en Santa Cruz de Tenerife. Recordaba sus visitas de niña de la mano de su madre, sus tristes encuentros y la magia de las cestitas de miga de pan que su padre le regalaba en esas ocasiones.
Desde mi perspectiva podía entender la situación. Esa parte de la historia me recordaba algún cuento en el que el papá desaparece y llega la miseria. Aunque siempre en el vuelco al final presenciaba el emotivo encuentro entre los miembros de la familia y el posterior banquete con perdices.
La historia, sin embargo, se adentraba en el insondable misterio cuando al pobre carpintero le dieron la posibilidad de aspirar a la libertad a cambio de alistarse en la División Azul encargada de apoyar a los alemanes en el frente oriental contra la Unión Soviética. Cansado del horror y la desesperanza, el buen hombre decide alistarse y parte hacia un infierno de muerte y hielo en 1942.
Llegaron cartas, probablemente escritas por otros, con las habituales fórmulas de encabezamiento y despedida, alguna foto de rostros con sonrisas fingidas, descripciones de lugares, algún nombre familiar y la frase: ‘estoy bien, gracias a Dios’. La familia esperaba.
Pasaron meses de soledad a la espera de noticias. Pasaron más meses que, poco a poco, se transformaron en años. A la vuelta de algún compañero, le piden información y se enteran de que el carpintero sigue vivo después de la contienda, que se le vió por última vez en la cuneta de una autopista alemana con un cartel en la mano con la ciudad de destino garabateada en él. Pero la temporal felicidad no logra parar el tiempo que vuelve a llenarse de días, meses, años de soledad.
Llega entonces la comunicación oficial: ‘Se encuentra en paradero desconocido’. María del Carmen repetía la frase tal cual cada vez que le preguntaban por su padre, ‘está en paradero desconocido’. Me lo decía con la tranquilidad y la distancia de los años y yo lo recibía con la inmediatez y vitalidad de la infancia.
Poco sabía yo entonces de adioses, de que las personas se iban pronto, casi sin despedirse, para no volver y no comprendía cómo aquella buena mujer podía seguir colocando la tela bajo la aguja mientras me contaba aquella historia lejana que nunca había encontrado el final.
Yo, en mi mente, organizaba expediciones a lejanos países en su busca. Me proponía devolver a aquella niña de ojos azules aquel padre que con tanto amor le había hecho los humildes regalos en las más precarias condiciones. Lo veía de pie junto a la carretera moviendo el cartel en el aire. ¿A dónde iba? Quizás creó una nueva familia rubia con una nueva mujer y, quién sabe si una nueva identidad, o tal vez cayó, como tantos otros, en suelo desconocido dejando un hueco que sólo se ha cerrado cuando el tiempo se ha encargado de hacer su existencia incompatible con la vida.

Sinkuenta

lunes 21 de septiembre de 2009

Ruidos de motores en la noche




La casa donde yo vivía de pequeño en el “Grupo los Ángeles”, en el Grao de Castellón, estaba cerca del puerto. Puede ser que más cerca de lo que está hoy. Aunque esto último requiera un pequeño ejercicio de imaginación. Y es que antes, en la época en la que yo era pequeño, en los años sesenta del pasado siglo, entre “el grupo” y el puerto no había ningún descomunal edificio que tapara los murmullos del mar. Y por las calles, vacías de coches aparcados, sólo muy de tarde en tarde algún ruido mecánico de un coche al pasar enturbiaba aquel familiar silencio. Desde mi casa se oía la mar y el rumor confuso del puerto.
A veces era “la sirena”. Un silbido largo y estruendoso que parecía el gemido de un gran animal. Era la sirena del puerto que anunciaba a los trabajadores portuarios que se había acabado el turno. Mi madre, que nunca ha tenido por costumbre llevar reloj de pulsera, cuando la oía, de forma rutinaria sentenciaba “¡Las dos!”. La sirena volvía a sonar a lo largo del día otras veces, pero ésta era la más significativa, porque anunciaba la hora de comer, y si la comida por el motivo que fuera no estaba aún lista, este prolongado alarido mecánico venía a poner prisas e intranquilidad en mi madre. La verdad es que durante muchos años el sonido de la sirena marcaba de alguna manera el ritmo de vida de mi casa.
Los graueros de aquel tiempo estábamos hechos a los ruidos que provenían del puerto. Sobre todo los que procedían del muelle mercante.
Nos eran familiares los pitidos de los barcos. Llegábamos a conocer la naturaleza de dichos pitidos. Si era porque el barco solicitaba salir del puerto, si era que iba a atracar… También nos llegaban claros los chirridos de las grúas, los ruidos de los motores de los camiones… así como miles de indeterminados golpeteos que ni siquiera acertábamos a conocer sus causas.
Pero de entre todos los sonidos que llegaban del puerto, el más cálido, el más acogedor, pero el más inequívoco, surgía por la noche. Alrededor de las seis de la madrugada. En medio de la noche invernal, negra y gélida. O en la alborada fresca y gris de los largos días veraniegos.
Eran las barcas de arrastre que salían del puerto.
Al romper el alba si era verano, o en plena noche en invierno, todas las barcas que iban al arrastre ponían en marcha sus motores.
Normalmente estos ruidos pasaban desapercibidos para mí porque a estas horas estaba durmiendo, pero si algún día, por la razón que fuere, a aquellas intempestivas horas el sueño me fuera esquivo, podía oírse tan claro como unos tambores lejanos la violencia con que el motor expulsaba el humo por la chimenea de las barcas.
Yo, tremendamente complacido, escuchaba el pausado y apagado repiqueteo nocturno proveniente del puerto que llenaba mi habitación en penumbra de brillantes imágenes sonoras que me arrullaban en busca del sueño. Las saboreaba con delectación y sin prisa, arrebujándome entre las sábanas de mi cama.
Los ojos cerrados, buscando plácidamente volver a encontrarme otra vez con la infinita paz del sueño perdido, la imaginación hacía que en mi mente cobraran forma cada uno de esos rítmicos sonidos: taf-taf, taf-taf, taf-taf…
…este será el motor de la Blanes, la barca de mi tío Facundo, en la que mi tío Manuel, era el patrón, y mi tío Gabrielet, el motorista… este otro será el de la Matilde Teresa, donde mi tío Antoniet era el patrón… o sería la barca de mi tío Pepito, que mandaba “El Joven María”… o sería el San Facundo, la barca de mi tío Juan Antonio, donde iban embarcados sus hijos, mi tío Juanito de patrón, y mi tío Andresín de motorista; y ya por último, quería pensar que se tratara de la Dolores, nuestra barca, donde mi tío Antonio, iba de patrón, y mi padre, de motorista.
Todas salían en medio de la noche hacía alta mar. A pescar. Todo el día pescando. No volverían hasta la tarde. Y yo, como si formaran parte de un sueño, las veía dejar atrás el faro.
Somnoliento, veía en un velado duermevela a las barcas desparramarse en todas direcciones frente a la bocana del puerto con su parsimonioso “taf-taf, taf-taf, taf-taf…” de sus vigorosos y despiertos motores…
…Y según las barcas se iban adentrando en el proceloso mar, sus voces mecánicas se iban diluyendo suavemente hasta esfumarse y quedar en nada. Y entonces, el sueño, esquivo y débil hasta ahora, se tornaba tranquilo y firme. Tremendamente ufano, me abrazaba sin fuerza a las sábanas, que me acariciaban con complicidad, y acogían mi sueño recordando aún el ruido de los motores en medio de la noche.

martes 8 de septiembre de 2009

La Cumbrecita































La Cumbrecita es una pequeña localidad situada en un recóndito lugar de la Sierra Grande, accesible exclusivamente a través de un camino de ripio de 45km generalmente bien mantenido. El estilo de sus construcciones es alpino, con hoteles escondidos en medio de bosques de coníferas y senderos de montaña. El cuadro de bucólico paisaje suizo se completa en invierno, con las nevadas habituales.
Pueblo Peatonal: Desde el 9 de Julio de 1996, no se permite el ingreso de vehículos a la zona céntrica, y se considera todo el pueblo como zona de protección ambiental.

Historia: Hacia 1934, el doctor Helmut Cabjolsky construyó un alojamiento para sus familiares europeos, que con el transcurso de los años se convertiría en el actual Hotel La Cumbrecita. Sus parientes desarrollaron un vivero que dio origen a las plantaciones de pinos que hay por la zona.

Nosotros visitamos la Cumbrecita el fin de semana largo del 15,16,17 de Agosto es un lugar maravilloso, con mi esposo le decimos el bosque encantado.
Llegamos hasta la cabaña dejamos el coche y lo volvimos a usar el día del retorno a nuestra ciudad. Es un pueblo peatonal con senderos naturales son subidas y bajadas en la montaña, estas son algunas de las fotos sacadas en ese lugar maravilloso y mágico de Córdoba.
Espero les guste, saludos cordiales desde San Nicolás de los arroyos.

jueves 20 de agosto de 2009

Canelo

DSC_0367  Canelo

Por una vereda marchaba  “Canelo”.
¡Ay, cómo gemía aquel pobre perro!
Trotando en la busca de carne y de hueso
meneaba el rabo y hocicaba el suelo.
Hasta sus orejas -que erizaba tensas-
llegó un silbido largo y prolongado.
¡Otra vez su amo le estaba llamando!
Yugo de obediencia  urgía en sus venas.
Llevaba también el estrago de gritos y golpes
sobre sus entrañas, sobre sus costados.
Y temblando, el rabo guardó entre sus patas,
agachó la noble y hermosa cabeza, 
y se fue acercando.
El miedo le hacía cada vez más torpe,
más lento y hundido, humillado y pobre.
Pero, en un suspiro, todo dio la vuelta:
Primero, el olor a espliego; y luego, las rubias coletas,
las manos de flores, los pies de gacela,
salían a su encuentro, con palabras buenas.
Levantó sus ojos e izó las orejas
y haciendo cabriolas llegó hasta su vera.
Supo entonces Canelo que no era la carne escasa
ni el agua sin tierra, dentro de la lata.
Ni el rincón tranquilo, cerca de la lumbre
lo que le apresaba en tal servidumbre.
 
Alcalá de Henares, 20 de Agosto de 2009
Texto e imágenes de Franziska, alias Raitán

martes 14 de julio de 2009

Luces en la noche


Era una noche clara y serena de hace mucho tiempo. Yo aún era un niño. Mi padre me había llevado con él, como hacía muchas veces, a la barca. Yo le acompañaba cogido de su mano. El puerto por la noche se transforma. La oscuridad cae sobre él y le confiere sombrías maneras teñidas de misterio y lobreguez.
Cuando llegábamos a la Dolores, ése era el nombre de nuestra barca, nos la encontrábamos proa a la riba, como un perro fiel que nos enseñaba su hocico, cabeceando lánguidamente al compás de las suaves olas que llegaban debilitadas al interior de la dársena pesquera.
Entonces mi padre se dirigía a mí y me decía que me apoyara junto al muro de la lonja y que le esperara allí, que él tardaría solamente un momento en volver de la barca.
Con un gesto ágil y profesional veía a mi padre saltar a la barca. Y desaparecía como engullido por la oscuridad.
Yo me quedaba solo con la noche.
Las gaviotas ya no se oían porque se habían marchado a sus aposentos nocturnos. Los marineros a estas horas estaban en sus casas. Los peces callaban. Sólo rompía aquella soledad silenciosa el leve y cadencioso chasquido de la mar al acariciar las panzas de las embarcaciones y tropezar con el pétreo muelle. Parecía la enigmática y líquida respiración de un gran animal marino.
Miraba la mar. Toda llena de lucecitas. Amarillas, rojas, verdes. Eran luces de muy diversas maneras y texturas. Unas eran alargadas, filamentosas. Otras, redondeadas. Algunas se apagaban y se encendían rítmicamente. Otras eran fijas y sólo se movían al reverberar sobre la superficie de las aguas del puerto. El mar parecía manchado de colores que palpitaban como si tuvieran vida propia.
Y miraba el cielo. Todo lleno de estrellas. El firmamento aparecía pintado de millones de puntitos luminosos que latían silenciosamente y que parecían mirarme. Eran como ojitos brillantes que pestañeaban calladamente en el espacio sideral. Yo correspondía a sus miradas y me quedaba mirándolas. No decían nada. Su silencio era tan atroz como su lejanía. Sólo parpadeaban y parpadeaban. Y yo, en la inocencia de aquellos años, quería coger una estrella viva. Una de esas que ahora me estaban observando. Pero las estrellas estaban colgadas en lo más alto del cielo, en un lugar inalcanzable para los niños. Ya no me conformaba con tener entre mis manos una de aquellas estrellas muertas, caídas al mar, que a veces mi padre me traía. Yo quería una de esas estrellas celestes que cada noche se asomaban desde el confín del universo para mirarme. Y que me contara lo que hay allí en el cielo.
De pronto, de entre la oscuridad, aparecía la figura de mi padre saltando a tierra. Entonces la realidad volvía a mí.
-¿Papá, tú has visto alguna vez una estrella viva?
-No, las estrellas cuando caen al mar se apagan, se ahogan y mueren.
Y mientras eso decía mi padre, apartaba la vista de las luces nocturnas y retaba a mi padre:
-¿Hacemos una carrera hasta casa?
-¡Vale!

jueves 9 de julio de 2009

MIS DOS NIETOS, MIS DOS SOLES

Mis dos nietos, mis dos soles. El 7 de agosto de 2006, nació Santino y el 29 de marzo de 2009 Lucio. Quiero dejar en esta Cápsula del Tiempo plasmados los momentos de sus nacimientos y sus bautismos. Más adelante iré subiendo más fotografías a medida que vayan creciendo.
BAUTISMO DE LUCIO (SUS PAPÁS Y SANTINO)


NACIMIENTO DE LUCIO



BAUTISMO DE SANTINO



NACIMIENTO DE SANTINO

Amigos míos

He recibido respuestas muy variadas con respecto a la distancia en tiempo entre entrada y entrada,como no hay dos que coincidan he decidido dejar a criterio de cada uno este tema,de manera que pueden esperar un tiempo entre entrada y entrada si así lo desean o no,como ustedes se sientan más cómodos.
También abrí la posibilidad de etiquetar los post,eso también es a criterio de cada uno.Gracias amigos míos por participar en este blog,cada día los post son más bonitos estoy muy contenta con todo lo que dejamos aquí! y es porque ustedes son geniales y el blog es como ustedes!un abrazo y buen día!